El Nuevo Apartheid

Las necesidades políticas de la sociedad
se convierten en necesidades y aspiraciones individuales,
su satisfacción promueve los negocios y el bienestar general,
y la totalidad parece tener el aspecto mismo de la Razón.
Herbert Marcuse.-
EL HOMBRE UNIDIMENSIONAL


 

Hoy nuestro mundo se comunica de un modo virtual, y a la experiencia física de él, le sigue una experiencia imaginaria; esto pone de manifiesto que existe, de hecho, una influencia que se desplaza en todos los ámbitos.
Con la paulatina apertura de las telecomunicaciones al público, a principios de los noventa se pensaba que la GII lograría impulsar la practica democrática, incrementando la participación ciudadana; una década después notamos que la anunciada democracia esta lejos de conseguirse. Por el contrario, la realidad se asemeja más a lo que Mattelart denomina como tecno-apartheid global, para referirse al desequilibrado desarrollo de las comunicaciones en el mundo, lo que se traduce en nuevas y especializadas formas de control social, no en mayor participación.
Entonces, observamos como la metrópolis de este siglo, de mínimo espacio e inmensa diversidad, asume los medios masivos como formas de control, disciplina y pertenecia para poder subsistir. Situación que ya esta causando estragos en todo el mundo, pues en la actualidad, los individuos «opinan» sobre todo en función de cómo la televisión les induce a opinar.
De hecho, hoy el desarrollo de los medios, abarca la presencia de la actividad económica como soporte al flujo de contenidos, donde además la información en la sociedad contemporánea es una mercancía, por tanto se articula como un bien de consumo que ejerce determinados niveles de control.
Pero todo ello se debe, en gran medida, a la visión de teóricos como Habermas y Jean-Marc Ferry que transponen el espacio público al marco mediático, estableciendo de esta manera la noción que posiciona a los medios como fuente legítima y legitimadora no sólo de informaciones y datos, sino de visiones, concepciones y valores sociales.
Todo esto se enmarca en un proceso mejor conocido como globalización. El principal problema de subestimar la globalización es, precisamente, que existe la tendencia a olvidar o desvalorizar el impacto que tiene en la dimensión política, cultural y social de cualquier estado o nación.
Cada día se hace más necesario, resaltar que las identidades culturales de la globalización no se estructuran desde la concepción habitual de nación, sino de la estructura de mercado. Es decir, no se basan en comunicaciones orales y escritas, sino que operan mediante la producción industrial de la cultura, su comunicación tecnológica y el consumo diferido y segmentado de los bienes.
En consecuencia, no hablamos sólo de autocracia de las redes, sino de la sutil deposición de la participación ciudadana por la participación del consumidor. Es obvio que estamos obligados a redefinir el sentido de lo Nacional o lo legitimo, pues la ciudad virtual destroza nuestra capacidad de participación política y explota nuestro potencial consumista.
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