Sobre biocombustibles

Hace un par de días escribí, para Prisma Espacio (blog en el cual colaboro con mis compañer@s), sobre algunos aspectos que inciden en las metas relacionadas con la soberanía alimentaria, por lo que considere necesario aportar un poco más a este debate.

Como sabemos el fenómeno de la pobreza en América Latina no es un problema novedoso; por el contrario, si algún pasivo persiste en la región es la deuda social. Esta situación, inicio luego de los procesos independentistas que darían al trasto con buena parte de las colonias de la corona española, periodo que se caracterizó por un acelerado crecimiento económico y el fortalecimiento de los sistemas sociales excluyentes. 

Los legados del despotismo ibérico, la explotación de la población nativa y de los esclavos africanos, así como la delimitación de grandes propiedades territoriales en pocas manos evitaron el reparto equitativo de los frutos del crecimiento.

Hoy, los retos están relacionados no sólo con la capacidad de los estados de poner en marcha estrategias dirigidas a reducir la pobreza, sino también a su capacidad de conjugar dichas estrategias con la posibilidad del asumir el desarrollo sustentable.

La última idea

Para contrarrestar la pobreza sin afectar el patrón de desarrollo establecido y supuestamente mejorar el ambiente, se refiere a la utilización de biomasa vegetal para elaborar biocombustible. La propuesta apoya la noción que al suplantar algunos de los componentes de los combustibles fósiles por biomasa vegetal, proveniente de la caña de azúcar, el maíz, la madera o la soya, se pueden reducir las emisiones de CO2 al la atmósfera, esto como primer paso para el control del calentamiento global.

Aún cuando pareciera que el mundo se esfuerza por lograr equilibrar su posibilidad de crecimiento con el respeto al ambiente, notamos que sólo se trata de una treta más, que lejos de promover la equidad y la protección ambiental intenta seguir explotando a los más débiles con el único afán de incrementar ganancias reduciendo costos y apoyando el consumo desmedido de energía.


 

Lo que presenciamos en estos momentos es el alineamiento global corporativo, sin fiscalización y sin precedentes de las más grandes empresas del mundo en el agro-negocio ADM, Cargill y Bunge, la biotecnología Monsanto, Syngenta, Bayer, Dupont(1), el petróleo BP, Total, Shell y las industrias automotrices Volkswagen, Peugeot, Citroen, Renault, Saab. Para estas empresas la inversión es relativamente pequeña, ya que hasta ahora han venido apropiándose de la investigación académica mundial, construida durante décadas de apoyo de los gobiernos, lo que se traduce en billones de ganancias para esos socios globales.

Estudios de la Universidades de Cornell University y Berkeley analizaron la energía producida por los biocombustibles en relación con la energía requerida para producir etanol. Y hallaron que el swithcgrass o mijo perenne requiere 45% más energía fósil que el combustible producido, y que la biomasa de madera requiere 57% más energía fósil que el combustible producido(2)

Y establecían que el transporte por carretera en el Reino Unido consume 37.6 millones de toneladas de productos derivados del petróleo cada año. Si la cosecha más productiva en este país es la colza con un rendimiento promedio es de 3 a 3.5 toneladas por hectárea. Una tonelada de semilla produce 415 kilos de diesel. Así que cada hectárea de tierra arable podría proporcionar 1.45 toneladas de combustible para el transporte. Pero mover los autos y autobuses con biodiesel requeriría, 25.9 millones de hectáreas. Existen en el Reino Unido 5.7 millones de hectáreas. Incluso el objetivo más modesto del 20% propuesto por la Unión Europea para el 2020 se llevaría casi todas las tierras de cultivo.

Evidentemente, la expansión de los cultivos para la producción de biocombustibles son una amenaza flagrante a la soberanía alimentaria de los pueblos, basta con citar ejemplos como el mexicano donde se le da preferencia a las exportaciones, y las empresas transnacionales dedicadas a rubros agrícolas obtienen beneficios de acceso a la irrigación de sus tierras, mientras los ejidos (3) que no producen para exportar cada día están más secos. Esto trae como consecuencia que México, con una población eminentemente mestiza exportara en el 2000 18,8 millones de toneladas de maíz uno los principales productos de su base alimenticia. 

Como vemos la expansión de la política de producción de biocombustibles, de mantenerse acarrearía consecuencias sobre el suministro global de alimentos, lo suficiente para inclinar la balanza de países hasta hoy excedentarios a deficitarios netos. Si, como algunos organismos multilaterales y personalidades aparentemente de visión ecologista demandan, esto se tuviese que hacer a escala mundial, entonces la mayor parte de la superficie arable del planeta se dedicaría a producir alimentos para carros y no para personas lo que incrementaría de manera acelerada la pobreza.


1.- Según cálculos proporcionados por Context Network, analistas de la industria, el valor total de las ventas de semillas fue de $22.900 millones de dólares en 2006, incluyendo semillas que se comercian para los programas públicos de fitomejoramiento. En contraste, hace tres años, el Grupo ETC reportaba que las 10 compañías más grandes controlaban el 49% del mercado mundial de semillas. En 1996, las primeras 10 lograban solamente el 37% del mercado mundial, y Monsanto no estaba en esa lista.

2.- Ingeniería genética extrema, informe del Grupo etc, marzo de 2007
3.- En México se refiere a la posesión comunitaria de tierras por parte de campesinos e indígenas.
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